Te veo
aparecer en la rambla como tantas otras veces. Tu misma posición, mi misma
posición, pero todo diferente. Parece como si todo estuviera rodeado de un aire
ilógico, de una mágica realidad que me hace reprimir el llanto de felicidad.
Nada de eso sirve cuando tú me miras. Las lágrimas caen atropelladas de mis
ojos, persiguiendo una tras otra la línea de mis labios. Te veo como eras
antes, debes de tener ahora unos setenta años. Me miras a través de más
distancia y de más tiempo del que se pueda medir con unos ojos que ya dejaron
de pertenecer a las fronteras del
mundo… y de cuyos límites me resulta
imposible escapar. No me sonrías, que voy a llorar más. ¿No lo ves? Debes de
ser la primera persona que me vea llorar desde que tú te fuiste. De repente me
parecen tan injustas las leyes del mundo que me siento ajena a esta tierra,
exiliada de mi atmósfera, flotando indiferente a la gravedad.
Me abrazas como hacías antes, cuando me decías las cosas más hermosas que me han dicho jamás, como solo abraza el padre de una madre. Tus palabras descansan en mis oídos consoladoras, y son tan claras y tan simples que atraviesan el trozo de mi alma que no te llevaste contigo: “Si tú lloras, yo lloro”, a lo que alcanzo a responder: “No lloro, soy feliz”. Tal vez sea lo más auténtico que haya dicho nunca porque he hablado con el corazón. Cierro los ojos con fuerza en tu hombro, como solo los cierra quien desea atrapar para siempre un instante.
Y ahora,
otro escenario. Cuando alcanzo a abrir los ojos, es de noche y nos miran las
estrellas. Estoy en lo alto de un puente iluminado con luces doradas, y tú
abajo, en el mar. No me pregunto qué hacemos allí, simplemente me alegro de que
no te hayas vuelto a ir, y te sonrío. Veo que tú me devuelves la sonrisa,
diciéndome sin hablar que no tenga miedo. Me acuerdo de cuando me decías que
estarías dispuesto a morir para que no sufriera un rasguño, y me lleno de
confianza, como cuando caminaba de pequeña aferrada a tu mano. En este momento
solo quiero estar más cerca de ti. Extiendo mis brazos en cruz subida a la
barandilla del puente y salto rompiendo el aire segura de que me cogerás. En
efecto, con tus brazos rectos me sostienes sin que llegue a tocar el agua en lo
que parece un paso de baile. Nada tiene sentido, nada tiene fundamento, nada es
verosímil pero es real porque está pasando.
Hay más
gente en el agua pero la miro sin verla porque en este momento tú eres el
centro. Me bajas al agua habiendo demostrado una fuerza digna de unos tiempos
mejores. No podemos dejar de sonreír, como anestesiados por el momento, en una
de esas veces en las que el tiempo se para. Es uno de esos muchos instantes que
no puede ser empañado por nada, excepto por la implacable realidad que vive más
allá de las fronteras de la mente. Vuelvo a cerrar fuertemente los ojos.
Cuando los
abro, me encuentro tumbada en mi cama, sola, consciente de que ahora sí todo es
de verdad. Me invade la duda eterna de si lo que acabo de vivir ha sido un
sueño o algo más. Quiero pensar que eras realmente tú el que me decía esas
palabras y me volvía a sostener con fuerza en sus brazos. Sea como fuere, estoy
empapada de lágrimas de alegría, segura de que nada muere si escapa al olvido, si
cae preso de las nebulosas de la memoria, reinando en el subconsciente, al
compás de los pasos o de la respiración.
Recuerdo el
momento en que te prometí que, si no podía ser físicamente, me reuniría contigo
en mis sueños. Ya ves, parece que ya es una realidad. Me encanta verte como eras
antes de aquel mes de junio. Me encanta cumplir mi palabra, que aún no te haya
perdido, que en cierto modo sigas aquí. Saber que hay algo más potente que la
impotencia de perder a quien te ha dado todo.
Con el
relato de estos sueños reales pretendo dar esperanza a quien ha perdido algo, a
alguien o simplemente que se haya dado por vencido. En verdad tenemos grandes
poderes que se pueden imponer sobre los acontecimientos. Está en nuestras manos
cambiar lo que viene, y en el caso de lo que no tiene vuelta atrás, que solo es
la muerte, siempre nos queda saber que nada muere si está vivo en nosotros.
Gracias por
estar conmigo más allá de todo.

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"Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír".
(George Orwell)