Cita

"¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre..., ¡Y también lloro!"
(Bécquer)

domingo, 12 de mayo de 2013

Albatros

"Antes que tú me moriré: escondido
en las entrañas ya
el hierro llevo con que abrió tu mano
la ancha herida mortal."
Bécquer




Calentado a fuego lento en el sueño yerto de lo latente un corazón más azabache que el sol al ser eclipsado por la luna adornaba el pecho de una joven anciana que, mirando obnibulante el pasar del flujo de la vida desde la ventana de su hogar —desde un lugar cuyo nombre jamás puso trasgredir el peaje de la lejanía, tomó su vida y tiñó con ella su cama, por primera vez desbaratada, y la navaja de afeitar de su padre.


El viento pereció aquel día, allí, donde al cantar del gallo le sigue el de los buitres a mediodía y al terror de los cerdos en la matanza el jaleo  de las voces del único bar que abre sus puertas a medianoche, allí, en el calor de las tres de la tarde, ante cien personas en duelo, una bandera que no ondea, un albatros sobre el mástil. Silencio.




Una mañana atareada en la cocina. Los subterfugios de un cocinero inexperto que ha frisado lo prohibido con la salsa, el sudor que empapa la filipina de un infortunado enclenque al batir su decimotercera tanda de huevos y una mujer rechoncha, bien entrada en carnes, preparando unos filetes para el alcalde, personificación de la sentencia crítica de la urbe. Tosidos y carraspeos acompañan una desproporcionada humareda exhalada desde los fogones, asediando la barra. La brisa se abate con excesivo peso, allí se entremezclan y se confunden los negocios, los chistes, las anécdotas, las patrañas, las calumnias, las cenizas de vidas pasadas que, sin aire en los pulmones, intentan ser insufladas de nuevo. 

En el centro del universo, una estrella. Junto a una mesa de madera de ébano lacada, acomodado sobre cuatro patas de acero, el astro más descomunal jamás visto. Allegro, el camarero, creía que era incapaz de sacar la vista de él sin darle la espalda. Paseando duante un prolífico atardecer soleado junto a su querida Tristezza, en el solsticio de sus nupcias, lo vio emerger del horizonte. Cuando volvieron a casa juró sobre un rosario cómo el sol se había ocultado tras de él y la luz de la calle sucumbía a su paso. Su prometida se lo imputaba a la gracia irónica que lo señalaba. Gracia que se acrecentó al paso de su irrevocable depresión. Allegro era un miembro más de la familia de Tristezza, ella trabajaba prostituyéndose para pagar el alcoholismo de su padre, su madre se abría arañazos por el pecho, los brazos y la espalda, el sufrimiento la derrumbaba. Cuando su Tristezza se lo hizo saber estalló en alegría. También estalló su padre días después, Allegro pasaba junto a la ventana de su prometida, ausente por su primer día de trabajo como costurera, con rosas y un clavel cuando  escuchó el estruendo de un cristal en la habitación contigua. Cruzó el ventano abierto, abrió la puerta y estrelló una navaja de afeitar que encontró sobre una mesa de hierro contra el cuello del padre.  —Ella nunca lo ha de saber. Esa misma noche, bajo la única estrella que se atrevió a husmear, junto al único camino que llevaba a aquella ciudad, el único padre que Tristezza había tenido. Allegro lo recordaba mientras el sol se ocultaba a su espalda, entraba en la cocina y sonreía con cierta tristeza sabiendo que llegaría el día en que tendría que decrile a la alegre Tristezza que su padre nunca salió de la ciudad.

Cae, la lluvia cae. El sonido de las gotas oculta el de los cascos de un caballo entrando en la ciudad, atravesando las calles, deteniéndose junto al bar.

Tristezza imaginaba el mundo de sus anhelos más allá de la ventana clausurada de la trastienda. Tierras verdes, quizá un prado, varias nubes, petirrojos, son hermosos los petirrojos, el rocío de la mañana, un árbol, o dos, un mantel a cuadros, una cesta con un banquete en ella, como los de su alcalde, sintiendo el sudor frío que tanto le gustaba de Allegro, su mano, su rostro. La caricia de los labios de su prometido en su cuerpo. Sangre.

Cae, la lluvia cae. Cae, no deja de derramarse sobre las calles de tierra. Un niño se asoma a la ventana. El albatros lo mira desde el mástil. La bandera no ondea; yace casi inmóvil, goteando pesada, empapada. 

Helio, alcalde celebérrimo de la ciudad, ajustaba su pajarita de charol delante de su espejo ornamentado, coronado con un triángulo de lapislázuli. En él querubines sin muda alguna jugueteaban por el cielo mientras serafines, de mirada severa, regían la paz con firmeza. Su empresa no era distinta a la de aquellos seres celestiales, hacía el bien, solo el bien, puro, con integridad, con inocencia. Tamaño bien era el que hacía que invitaba a sus hombres de mayor confianza a participar del regocijo, verde, algo arrugado por el uso, en grandes cantidades. Todos amasaban a manos llenas esta satisfacción personal por hacer el bien, el justo merecido por un par de horas de dedicación al día, los trabajadores no se arengan solos. Singular caballero era el único que renunció a disfrutar de la complacencia de hacer lo que creía correcto.

Jinete de verdades, Selenio desde pequeño soñaba con hacer el bien. Fue un niño capaz e inteligente que pronto destacó entre las filas de habitantes como personaje locuaz y de multiforme sabiduría natural. A los veinte años, a la sombra diurna del eclipse alcaldino, ante ciento dos miradas expuso sus ingeniosos y creativos esbozos de cómo podrían generar bienestares y eliminar subyugaciones mediante nacionalizaciones, parones en horario laboral y golpes a la alcaldía. Helio se preguntaba desde el gentío si Marx se le había aparecido en sueños a su sobrino, quién sabía. A pesar del desinterés general no tardó más de un par de meses en captar a las primeras diez personas de su movimiento. Se reunían al mediodía, en la llanura, a varios kilómetros de la ciudad, con el sonido de los buitres y el silbido de alguna serpiente. Lamentos, madre de Tristezza, había participado en el movimiento selenita con gran fervor. La muerte de su marido y la ida de su hija la habían desposeído de toda ilusión. Ahora tenía algo por lo que alargar la refriega, por lo que no dejar que su vida cesase. Por eso cuando comenzaron los ataques terroristas a la alcaldía ella no tardó en sumarse. Quemar depósitos de gasolina, agujerear las puertas del ayuntamiento con armas de fuego de madrugada, grabar a cuchillo mensajes en las fachadas de los hogares... La época del terror había empezado en aquella ciudad.

Cae, la lluvia cae. Cae, no cesa. Golpetea el techado de madera del bar, el agua cubre con un velo. Reposo. Nadie notó cuándo se abrió la puerta, cuándo se hundió el peso de aquel hombre en el taburete, cuándo tomó su navaja de afeitar, cuándo tomó su vida.

Un carretero vino con mensajes de padres nunca encontrados, de esposas que nunca llegaron a esperar a sus maridos, de guerras que nunca acabaron, pero no es eso lo que llegó a los oídos de Soledad. El chasquido de unos labios al decir -muerto- se reproduce hasta veinte veces antes de llegar a Lamentos. Selenio había muerto ejecutado más allá de la frontera. Soledad guardó tres días de luto antes de distribuir la noticia, por respeto al muerto. Todos los miembros del movimiento terrorista se miraron, esperando que cualquier otro dijese una palabra para romper la gélida capa de hielo que se había formado sobre ellos. Sin embargo, nadie dijo nada, nadie se atrevió, nadie tenía fuerzas para levantar la cabeza, les acababan de quitar el alma del pecho y se la acababan de fusilar de un tiro en el pecho.

Cae, la lluvia cae y nadie la mira, nadie la ve, a nadie le importa. El agua había creado una cúpula personal para cada uno de los habitantes de aquella ciudad, los menesteres del mundo estaban al otro lado del cristal, en estrellas más allá del cosmos. Solo el niño vió cómo el chaparrón se teñía del sudor de Gaia, embarraba la bandera y tiznaba las plumas del ave. 

Plácidamente dormía un hombre en su cama de seda. La sutileza y la fragilidad de sus sábanas lo mecían con el cariño de una madre. Se agitaba un poco —Tristezza. Otra vez —Tristezza. Aquel hombre de corazón roto soñaba con rebaños y  mundos idílicos mientras la garra de la miseria, aprovechando que estaba dormido, lo estrangulaba.

Alejandro era la mano derecha de Selenio y la derecha de Helio. Si alguien tenía en sus manos los hilos de los habitantes de aquel lugar era él. Médico, farmacéutico, herborista, alquimista y contratista. Era todo lo que ambos necesitaban para tener el control y, ellos, a su vez, todo lo que él necesitaba para tenerlo. Muchas eran las noches de oscuridad en que los vecinos de la ciudad temían abrir sus ventanas y que por ellas cayese alguna droga alucinógena lanzada por algún selenita. Era bien sabido que provocaban visiones horrendas, luchas contra lo que no lucha, huyes de lo que no te persigue, crees que robas, crees que golpeas, crees que matas. Así de cuantiosas eran las noches que decenas de ciudadanos afectados por la droga acudían al ayuntamiento a comprar el único remedio conocido. Pero nada de ésto perturbaba su sueño. Eterno.

De súbito, un relámpago, afilado por el frío del norte, partió en dos el cielo e iluminó toda la ciudad desde el mástil. Ahora la lluvia era un simple susurro que discurría con ligereza mientras el pánico y el estruendo de ciento un vidriados abarcaba los ecos del universo. 

El viento sopló con fuerza en el frío de las tres de la tarde, con cien ciudadanos mirando perplejos el entierro, junto al único camino que conducía a la ciudad, dos mujeres llorando y tres hombres avergonzados. La bandera ondeó con fuerza y el albatros, tuerto y desplumado, sonrió.

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"Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír".
(George Orwell)