Érase una niña. Una niña que se llamaba Darina. Estaba hecha
de poesía, pues desprendía vida, inocencia y fuerza al mismo tiempo. La verdad
que había en sus ojos asomaba sobre sus mejillas cenicientas. Tenía la cara
sucia la de cabellos dorados.
Estaba sentada sobre los escalones en el patio de recreo de
su colegio. Aparentemente era como los demás, pero estaba sola y no tenía
bocadillo. Su desaliñado aspecto coincidía con el de su único libro escolar
descuidado, del siglo pasado, con muchas historias que contar, la mayoría
borradas por el paso de los años sobre sus páginas. Y por Darina también
pasaban los años, tenía recién cumplidos diez.
Desde donde estaba podía ver a las niñas jugar. Sabía que
jamás jugarían con ella y en cierto modo lo entendía: su apariencia no
inspiraba nada bueno. Sabía que nadie quería a las muñecas viejas, sucias,
rotas. Y ella en cierto modo lo era.
Sonó el timbre y se levantó. Nadie le dirigió una palabra,
pero ella siempre estaba dispuesta a hablar. Nadie le dirigió una mirada, pero
ella siempre tenía una sonrisa para quien la necesitara. Así, sin sobresaltos,
pasó el tiempo hasta la hora de salida, el momento de enfrentarse a la realidad
particular de cada uno.
Salió entonces a las calles de una cuidad en la que el gris
no era protagonista solo en las fotografías. Su rutina era bien clara: debía
caminar hacia las afueras, a una pequeña tienda donde tenía que ir a por un
cargamento de kilos de ropa que le pagaban por coser. Al recoger el inmenso
capazo con ambas manos, las sintió resentidas y arañadas por haberlo tomado
tantas veces. Aun así, la niña invisible tras la cesta tenía que caminar hasta
su casa, donde hacía su trabajo.
Su casa. Se podía llamar casa, pero no hogar. Hacía ya mucho
tiempo de que allí no habitaba una familia. Podía verse entonces lo que era
ella: una princesa sin palacio, un ángel fuera del cielo, la sombra fría de un
cuerpo caliente. Se preguntó en ese momento cuándo volvería su padre, que se
había ido muy lejos para encontrar trabajo. Él la había dejado al cuidado de
una vecina con más problemas que soluciones, que apenas hacía por verla una vez
a la semana. Sabía que su madre y su hermano pequeño nunca volverían porque,
tras las fiebres que sufrieron hace dos años, partieron para el único viaje para
el que no hay retorno posible. Su padre y ella se las habían tenido que
arreglar solos, pero la situación ya había llegado a un extremo. Eran realmente
pobres.
Tras hacer los deberes de lectura que le encantaban, se
sentó en la silla de madera donde cosería hasta bien entrada la noche. Tuvo que
encender la vela pronto, pues cada vez su vista se iba resintiendo más y más.
Las manos de la princesa acariciaban el hilo como si fuera otro apéndice de su
cuerpo. Ese día se sentía especialmente sola. Miró el conjunto de telas
sobrantes, que no valían, y se vio identificada.
Ya de noche, sin saber cómo ni por qué, las cogió y se puso
a unirlas, tal vez porque lo que en verdad quería era que la arreglasen a ella.
Lo informe tomó forma como un muñeco pequeño, de trapo, que tenía cierto
aspecto macabro… pero a Darina le encantó. Lo abrazó con todas sus fuerzas y lo
miró como solo mira una auténtica amiga. Con tal mirada que le pareció que el
muñeco se la devolvía curvando el arañazo de hilo que tenía por boca. Y en ese
momento ella supo que estaba frente a su mitad.
Lo llamó Genidolis porque, para ella, este era el mejor
nombre del mundo para un muñeco. Lo quiso tanto que durmió todo lo que quedaba
de noche abrazada a él. Y así fue cómo la muñeca se hizo un muñeco, la que
estaba rota arregló algo para ella. De lo que no valía había salido lo mejor
que le había pasado en mucho tiempo. Y, si lo que realmente te emociona te hace
un poco más auténtico, se puede decir que entonces la muñeca Darina cobró vida.
A partir de entonces, todos los días le contaba sus penas a
su amigo de trapo. De repente no eran tan grises las calles e iba feliz por su
vida porque todo lo hacía feliz. De hecho, afirmaba a la gente con la que
hablaba que su muñeco realmente vivía, que la ayudaba a coser -había duplicado
su producción- y la arropaba por las noches acurrucándose a su lado, y que
luego le cantaba a ella una dulce canción que, según cuentan, los vecinos
habían oído varias veces y no de los labios de Darina, sino de una voz tan
irreal que no podía ser de este mundo. No es de extrañar que la juzgaran
desequilibrada o muy fantasiosa, una niña que se ha tomado demasiado en serio
su papel en un juego. Pudiera ser verdad, porque ahora era realmente la
princesa de su palacio. Su vida había dado una vuelta de tuerca de ciento
ochenta grados, un giro que la hacía sonreír.
Así pasaron días y días en los que ella y su muñeco, nacido
de la soledad y la incomprensión, entablaron un continuo diálogo, quién sabe si
de cuerdos o de locos. Esto no le importaba a la niña cuando la gente se reía
de sus relatos fantásticos, ya nada era lo suficientemente fuerte para
derrumbarla porque estaba compuesta de dos. Ya no sabía quién era real ni quién
era el ser de trapo. Es más, anhelaba cada día el momento de llegar a su ahora
hogar y jugar con lo que muchos adultos deseaban conseguir: alguien con quien
compartirlo todo. Alguien con quien leer y leer sus interminables lecciones,
con quien hablar, coser, bailar,… alguien en quien volcar todo su amor. Qué
importa si era o no fruto de un delirio, para Darina era su vida.
Desde entonces la niña sigue cada noche abrazada a
Genidolis, esperando a su padre, riendo o llorando amargamente, pero siempre
dirigiéndole aun en sueños una intensa mirada tan auténtica que solo puede
significar: “Te quiero porque has descolocado mi mundo”.

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"Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír".
(George Orwell)