Cita

"¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre..., ¡Y también lloro!"
(Bécquer)

sábado, 4 de mayo de 2013

Genidolis


Érase una niña. Una niña que se llamaba Darina. Estaba hecha de poesía, pues desprendía vida, inocencia y fuerza al mismo tiempo. La verdad que había en sus ojos asomaba sobre sus mejillas cenicientas. Tenía la cara sucia la de cabellos dorados.

Estaba sentada sobre los escalones en el patio de recreo de su colegio. Aparentemente era como los demás, pero estaba sola y no tenía bocadillo. Su desaliñado aspecto coincidía con el de su único libro escolar descuidado, del siglo pasado, con muchas historias que contar, la mayoría borradas por el paso de los años sobre sus páginas. Y por Darina también pasaban los años, tenía recién cumplidos diez.


Desde donde estaba podía ver a las niñas jugar. Sabía que jamás jugarían con ella y en cierto modo lo entendía: su apariencia no inspiraba nada bueno. Sabía que nadie quería a las muñecas viejas, sucias, rotas. Y ella en cierto modo lo era.

Sonó el timbre y se levantó. Nadie le dirigió una palabra, pero ella siempre estaba dispuesta a hablar. Nadie le dirigió una mirada, pero ella siempre tenía una sonrisa para quien la necesitara. Así, sin sobresaltos, pasó el tiempo hasta la hora de salida, el momento de enfrentarse a la realidad particular de cada uno.

Salió entonces a las calles de una cuidad en la que el gris no era protagonista solo en las fotografías. Su rutina era bien clara: debía caminar hacia las afueras, a una pequeña tienda donde tenía que ir a por un cargamento de kilos de ropa que le pagaban por coser. Al recoger el inmenso capazo con ambas manos, las sintió resentidas y arañadas por haberlo tomado tantas veces. Aun así, la niña invisible tras la cesta tenía que caminar hasta su casa, donde hacía su trabajo.

Su casa. Se podía llamar casa, pero no hogar. Hacía ya mucho tiempo de que allí no habitaba una familia. Podía verse entonces lo que era ella: una princesa sin palacio, un ángel fuera del cielo, la sombra fría de un cuerpo caliente. Se preguntó en ese momento cuándo volvería su padre, que se había ido muy lejos para encontrar trabajo. Él la había dejado al cuidado de una vecina con más problemas que soluciones, que apenas hacía por verla una vez a la semana. Sabía que su madre y su hermano pequeño nunca volverían porque, tras las fiebres que sufrieron hace dos años, partieron para el único viaje para el que no hay retorno posible. Su padre y ella se las habían tenido que arreglar solos, pero la situación ya había llegado a un extremo. Eran realmente pobres.

Tras hacer los deberes de lectura que le encantaban, se sentó en la silla de madera donde cosería hasta bien entrada la noche. Tuvo que encender la vela pronto, pues cada vez su vista se iba resintiendo más y más. Las manos de la princesa acariciaban el hilo como si fuera otro apéndice de su cuerpo. Ese día se sentía especialmente sola. Miró el conjunto de telas sobrantes, que no valían, y se vio identificada.

Ya de noche, sin saber cómo ni por qué, las cogió y se puso a unirlas, tal vez porque lo que en verdad quería era que la arreglasen a ella. Lo informe tomó forma como un muñeco pequeño, de trapo, que tenía cierto aspecto macabro… pero a Darina le encantó. Lo abrazó con todas sus fuerzas y lo miró como solo mira una auténtica amiga. Con tal mirada que le pareció que el muñeco se la devolvía curvando el arañazo de hilo que tenía por boca. Y en ese momento ella supo que estaba frente a su mitad.

Lo llamó Genidolis porque, para ella, este era el mejor nombre del mundo para un muñeco. Lo quiso tanto que durmió todo lo que quedaba de noche abrazada a él. Y así fue cómo la muñeca se hizo un muñeco, la que estaba rota arregló algo para ella. De lo que no valía había salido lo mejor que le había pasado en mucho tiempo. Y, si lo que realmente te emociona te hace un poco más auténtico, se puede decir que entonces la muñeca Darina cobró vida.

A partir de entonces, todos los días le contaba sus penas a su amigo de trapo. De repente no eran tan grises las calles e iba feliz por su vida porque todo lo hacía feliz. De hecho, afirmaba a la gente con la que hablaba que su muñeco realmente vivía, que la ayudaba a coser -había duplicado su producción- y la arropaba por las noches acurrucándose a su lado, y que luego le cantaba a ella una dulce canción que, según cuentan, los vecinos habían oído varias veces y no de los labios de Darina, sino de una voz tan irreal que no podía ser de este mundo. No es de extrañar que la juzgaran desequilibrada o muy fantasiosa, una niña que se ha tomado demasiado en serio su papel en un juego. Pudiera ser verdad, porque ahora era realmente la princesa de su palacio. Su vida había dado una vuelta de tuerca de ciento ochenta grados, un giro que la hacía sonreír.

Así pasaron días y días en los que ella y su muñeco, nacido de la soledad y la incomprensión, entablaron un continuo diálogo, quién sabe si de cuerdos o de locos. Esto no le importaba a la niña cuando la gente se reía de sus relatos fantásticos, ya nada era lo suficientemente fuerte para derrumbarla porque estaba compuesta de dos. Ya no sabía quién era real ni quién era el ser de trapo. Es más, anhelaba cada día el momento de llegar a su ahora hogar y jugar con lo que muchos adultos deseaban conseguir: alguien con quien compartirlo todo. Alguien con quien leer y leer sus interminables lecciones, con quien hablar, coser, bailar,… alguien en quien volcar todo su amor. Qué importa si era o no fruto de un delirio, para Darina era su vida.

Desde entonces la niña sigue cada noche abrazada a Genidolis, esperando a su padre, riendo o llorando amargamente, pero siempre dirigiéndole aun en sueños una intensa mirada tan auténtica que solo puede significar: “Te quiero porque has descolocado mi mundo”.


 Autora: Cristina

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"Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír".
(George Orwell)