Arena, mar y cielo. Las huellas de unos tobillos dulces
desaparecen, al anochecer, sepultadas por las olas de un mar dormido. El sol se
fue hace horas, y las pupilas de Atenea todavía conservan el anaranjado
resplandor de aquel ocaso, que descongelaba sus tardes frías y las arrullaba en
el más cálido de los silencios. Dicen que solo los poetas saben amar la
naturaleza, que solo ellos pueden apreciar los cerezos primaverales, los soles de verano, la caducidad del otoño o
la escarcha del invierno. Pero ¿Y ella? Ella adoraba el mundo como nadie.
He de confesarte, lector, que no la conozco y que nunca la
he contemplado. Sin embargo, no sé cómo ni por qué, siento que lleva días
paseando por los arduos laberintos de mi mente. Parece que no quiere salir y,
¡Ahora sí!, solo si cierro suavemente los ojos consigo acercarme muy poco a
ella. Es un ejercicio sistemático: en cuanto se bajan mis párpados, un telón
azafranado se apodera de mí. La busco allí, ya veo el ocaso. Lo único que hace
falta es encontrarla.
Es duro andar tras ella sin éxito. Mis días son una constante
tarde broncínea con cierto amargo sabor a derrota. Aquí, los dos perdidos como
narradores sin historias, una en un lado y el otro en el extremo contrario,
queremos hablarnos y dejar de comunicarnos
con las piedras, con el viento.
A veces, ella me hace señales y, entonces, yo escribo palabras que
borro justo cuando pierdo su rastro. Otras, permanece distante y, como dijo
Neruda, cualquier intento de alcanzarla es nulo. Pero, afortunado yo cuando la
veo. Ese es el momento en el que la saco de mi mente, nos miramos a los ojos y…
consigo vivir una historia.
De nuevo, regresa la noche, ella desaparece y comienza una
nueva búsqueda. Esta es la vida del que escribe, una vida llena de abandonos y de reencuentros.
Autor: José Ángel
Autor: José Ángel

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"Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír".
(George Orwell)